De África hasta Colombia, tras el 'sueño americano'

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El paso de extranjeros ilegales por el territorio nacional en búsqueda del ‘sueño americano’ no afloja, a pesar de que en los últimos 8 años más de 6.000 de ellos han sido descubiertos y han tenido que regresar o a su país de origen o al punto desde el que entraron a Colombia.

El viernes, 37 de ellos fueron detenidos en carreteras de Nariño, después de entrar ilegalmente desde Ecuador. Como ha sido la constante en los últimos años, la mayoría eran cubanos. Pero los oficiales de Migración Colombia y de la Policía Nacional se vieron sorprendidos por el alto número de personas provenientes de África occidental (9 venían de Ghana y 8 de Somalia) y de la India (7), cuyo tráfico había caído sustancialmente desde el 2010. En ese año Ecuador replanteó la política de ‘cero visas’ que convirtió al vecino país, y de carambola a Colombia, en una de las principales plataformas del tráfico de migrantes hacia los Estados Unidos.

No es el único caso del 2015. Este año, en menos de dos meses, ya van más de 200 casos, casi todos en carreteras de Nariño. Pero también han sido detectados al norte del trayecto colombiano del ‘sueño americano’: las costas del Chocó, que son el paso previo al salto hacia Centroamérica y, de allí, hacia el norte del continente.

Jacob Koné, de 21 años, y Outmane Cine, de 25, salieron de sus hogares en la República de Mali (África occidental) el pasado 28 de diciembre. El 3 de enero de 2015 se embarcaron desde el puerto de Marina Seco, en la vecina Senegal, como polizones de un barco mercante.

Hace dos semanas una patrulla de la Infantería de Marina los descubrió cuando recorrían las polvorientas calles de Pizarro, en el Chocó, esperando que sus coyotes los recogieran para el paso hacia territorio panameño. En una difícil mezcla de inglés y francés relataron a las autoridades cómo fue esa travesía de más de un mes escondidos en las bodegas de un buque de carga.

Como les dijeron los de la red que los sacó de África, solo empacaron dos pequeños maletines de mano en los que solo llevaban dos interiores, una camiseta, un jabón de baño, una crema dental y una peinilla. Llevaron ‘ugalí’ o ‘sima’ –una bola de maíz precocido–, dulce de caña y dos cantimploras con agua. Los coyotes les prometieron que en cada puerto recibirían una muda de ropa y alimento, algo que no cumplieron.

En Estados Unidos, a donde pensaban llegar, a Koné lo esperaba una tía que le pagó el anticipo del viaje; a Cine, un hermano, que logró completar la ruta que él intentó sin éxito.

Los polizones se ocultaron dentro de un compartimiento en el que solo había espacio para ellos. Escasamente entraba ventilación por dos orificios. La mayoría del tiempo se mantuvieron en posición fetal, según relataron. “La tripulación de los barcos, en la mayoría de los casos, se presta para que estas personas se cuelen. Es allí donde empieza la gran cadena de corrupción, del tráfico de personas”, dijo a EL TIEMPO el coronel de la Infantería de Marina Carlos Mario Díaz.

Según contaron, las provisiones no les alcanzaron y estuvieron dos días a punta de dulce y agua, hasta que alguien de la tripulación les llevó algo de comer. “Nos advirtieron que cuando llegáramos a puerto no habláramos con nadie, porque nos devolvían”, dijo en su lengua Koné.

Él llevaba en un papel escritas varios saludos en español e inglés, pero como les pasa a muchos inmigrantes ilegales, los delata la lengua. Los inmigrantes, tras pasar varios días escondidos, decidieron salir a la calle. A pesar de que trataron de mezclarse con la gente de Pizarro, no tardaron en ser detectados por las autoridades.

Los africanos contaron a los investigadores que estuvieron dos días en un puerto argentino y que después desembarcaron en el puerto marítimo de Guayaquil (Ecuador). Allí uno de los contactos les entregó 300 dólares a cada uno. Parte de esa plata fue la que intentaron gastar en alimento y ropa en Pizarro.

El viaje desde Colombia hasta México a través de Centroamérica puede durar 15 días. El viaje entero desde África puede costar 50.000 dólares, que a veces pagan otros familiares en Estados Unidos o los que se quedan en el país de origen, esperando que el migrante llegue a su destino y, desde allí, financie a otro del clan que se arriesgue a hacer una travesía que atraviesa medio mundo.

Muchos mueren en la ruta y todos están expuestos a ser víctimas de una millonaria estafa en la que no solo está en riesgo su plata sino su vida.

El 12 de junio del año pasado fueron descubiertas 14 personas que venían desde Nepal. Los traficantes los dejaron a su suerte en las playas de Cederal, al norte de Juradó (Chocó). Les dijeron que ya habían llegado a Panamá.

Estas personas llevaban tres días ocultos en medio de la maleza. Les dijeron, además, que en ese lugar otra lancha rápida los recogería para llevarlos a México. “Generalmente los hallamos enfermos, deshidratados. Además de soportar los cambios de clima, sufren los problemas endémicos de nuestras selvas”, dice el coronel Díaz.

Son víctimas

“Estas personas no son delincuentes, son víctimas de organizaciones delincuenciales transnacionales y como tal, deben recibir ayuda y asistencia humanitaria, mientras se define su situación”, dice el director de Migración Colombia, Sergio Bueno Aguirre.

Migración Colombia, que es la autoridad encargada de controlar el ingreso y salida del país, ha determinado que el recorrido de estas personas puede durar entre 6 y 8 meses, en promedio. “Sin embargo, hemos detectado casos de extranjeros a los que les toma más de dos años hacer la travesía”, dice Bueno.

Las autoridades se enfrentan con el escollo de la poca colaboración de las personas que son víctimas de esta práctica. Una de las primeras advertencias que les hacen los traficantes es que no pueden hablar, y por eso se niegan a dar mayores datos sobre sus rutas y contactos.

Varias razones influyen en esto: desde la seguridad de las familiares en el país de origen hasta la realidad de que, una vez retornados al país desde el que ingresaron, los migrantes ilegales volverán a recurrir al coyote para tratar de seguir hacia Estados Unidos.

El organismo viene trabajando de forma articulada con la Policía y la Armada para detectar el tráfico y asistir a las víctimas.

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