Viena y sus majestuosas tumbas

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Para sentir una ciudad de verdad, para penetrar en ella más allá de los 6 o de los 14 puntos típicos de atracción turística marcados en el mapa del hotel, siempre será buena idea visitar sus mercados populares o sus cementerios.

Pasa con Viena, por ejemplo. Se sabe, la capital austriaca es impecable y elegante, repleta de museos impresionantes, es la ciudad de la ópera y de la música clásica. Pero es también una ciudad con cementerios fascinantes.

Su Zentralfriedhof o Cementario Central es el segundo más grande de Europa después de uno ubicado en Hamburgo (Alemania). Es tan grande –en sus 2,5 millones de metros cuadrados se calcula que están enterradas casi 3 millones y medio de personas, en 330.000 tumbas– que las tres últimas paradas del tranvía que lleva allá, son precisamente en tres de sus 11 puertas. Pero lo que de verdad importa es que es como un gran museo de historia y arquitectura, al aire libre.

Las dramáticas tumbas del Zentralfriedhof llaman poderosamente la atención de los turistas. Son obras de arte que les rinden culto a los difuntos. Fotos: Laila Abu Shihab

Los vieneses lo visitan no solo porque allá estén enterrados sus seres queridos, sino porque quieren conocer las decenas de pequeños cementerios particulares que hay en su interior, con lápidas, esculturas, mausoleos, iglesias y hasta jardines que son como pequeñas obras de arte. También van allí para trotar o hacer deporte, o porque tal vez puedan encontrarse un concierto gratis, improvisado por miembros de la Filarmónica o cantantes del coro de la Ópera Estatal de Viena.

Los extranjeros llegamos allí para seguir los pasos a grandes de la música, la ciencia, las letras o la política, pero terminamos encantados recorriendo buena parte de sus recovecos. Y es así como logramos entender la esencia de la ciudad y la actitud y forma de ser de sus habitantes.

Hay cama para tanta gente

Creado en 1784, el Cementerio Central ofrece varias líneas internas de buses para movilizarse, recorridos guiados de 1, 2 o 3 horas y hasta paseos en carrozas, que suelen ser muy demandados en los meses de verano y cuestan entre 40 y 70 euros. También tiene un Museo de Pompas Fúnebres.

Quienes visiten este cementerio, el segundo más grande de Europa, también pueden conocer el curioso Museo de Pompas Fúnebres.

Sin mapa es imposible recorrerlo, así que lo mejor es pedir uno –gratis– en la oficina de información, justo después de entrar por la puerta principal del cementerio. Pero si quiere ir un poco más allá, por 10 euros puede comprar un completo libro con su historia, anécdotas, fotos y recorridos.

Sigo la primera recomendación del mapa y, para que no me abrume ese enorme terreno, voy a la fija y visito las tumbas de Ludwig Van Beethoven, Franz Schubert, Johann Strauss padre e hijo, Johannes Brahms y Antonio Salieri. Mozart también hace presencia allí aunque sólo con un monumento, porque está enterrado en otro cementerio de Viena, el St. Marx Friedhof.

Las tumbas de Johann Strauss, padre e hijo.

Cercanas entre sí, justo antes de la gran iglesia del cementerio (que se distingue casi desde cualquier punto del mismo por su gran cúpula verde), casi todas las lápidas de esos grandes de la música tienen arpas talladas en mármol. Al que más le dejan flores es a Beethoven, mientras que los Strauss –cuyas lápidas son las más elaboradas y recargadas– parecieran no recibir mucho cariño de los visitantes.

Una de las cosas que más sorprenden del Cementerio Central de Viena es su división en una especie de manzanas, marcadas en su mayor parte por muchas religiones. Eso quiere decir que allí encontrará varios cementerios católicos y judíos, así como uno para los mormones, los musulmanes, los ortodoxos (divididos, a su vez, entre griegos, rumanos, búlgaros, serbios, sirios y rusos), los evangélicos y los budistas. El espacio de estos últimos recibe un nombre que explica su manera de andar por la vida: Parque de la Quietud.

Los mormones tienen un sector exclusivo para ellos en este cementerio.

De hecho, las tumbas más sencillas de todo el cementerio son las de los budistas. Se trata de lápidas completamente lisas, sin nada labrado, sin ningún adorno o escultura a los lados. Nada. Y todas son iguales.

También hay espacios exclusivos para los políticos –según si son austriacos o no–, para todos los que murieron entre 1938 y 1945 por el nazismo, para los sacerdotes y para los soldados que cayeron en la Primera Guerra Mundial, entre otros.

Los que más llamaron mi atención fueron dos que, ahora creo, dicen mucho del carácter no sólo de los vieneses sino, en general, de los austriacos: un cementerio especial para bebés o niños que mueren siendo aún muy pequeños, y otro exclusivo para quienes de manera expresa han decidido, antes de morir, que quieren donar su cuerpo para investigaciones científicas. Este último es conocido como el Cementerio de la Anatomía.

El Zentralfriedhof resulta inabarcable, es cierto. Pero es fascinante. A mí se me antoja que va mucho más allá de la forma en que alguna vez lo calificó el artista austriaco André Heller: “Un afrodisiaco para necrófilos”. Es un lugar que permite comprender mejor el sentido de una ciudad. Y, sin duda, Viena es una ciudad que tiene muy buena relación con sus muertos.

Más allá del Zentralfriedhof

El Zentralfriedhof no es el único cementerio de Viena en el que se les pueden seguir los pasos a personajes famosos y queridos. La tumba de Wolfgang Amadeus Mozart (nacido en Salzburgo y quien murió en Viena) está en el St. Marx Friedhof, también en el sur de la ciudad y en el barrio de Simmering donde está el Cementerio Central. Y la tumba del gran pintor austriaco Gustav Klimt está en el elegante cementerio de Hietzing.

Además, para los amantes de la historia de los emperadores y la saga de los Habsburgo, está la famosa Cripta Imperial de Viena (o Kaisergruft), ubicada en la iglesia de los Capuchinos, en pleno centro. Allí descansan los 150 cuerpos de toda la realeza austriaca, desde 1633 y hasta la disolución del Imperio Austrohúngaro, tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Y aunque ya no exista el imperio, sus descendientes siguen estando allí, como Carlos Luis y Otto de Habsburgo-Lorena, hijos de los últimos emperadores (Carlos I y Zita, de 1916 a 1918), que murieron en 2008 y 2011, respectivamente.

Aunque decir que descansan tal vez sea errado pues sus cuerpos no fueron enterrados completos, ya que hasta bien entrado el siglo XIX se acostumbraba a embalsamarlos para exhibirlos ante el pueblo, para lo cual se les extirpaban los órganos, que luego eran introducidos en urnas especiales que iban a parar a diferentes criptas de diferentes iglesias.

Y por si fuera poco, existe en Viena un Cementerio de los Sin Nombre (Friedhof der Namenlosen), donde se les daba sepultura (dejó de funcionar hace unas décadas) a todos los que morían, por suicidio o de manera accidental, en el río Danubio.

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