Voces desde Cuba: ¿llegaron los cambios a la política?

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Un día los cambios en Cuba llegarán a la arena política. Es lógica elemental, no bola mágica ni suprema conclusión: no es posible alterar notablemente la dinámica económica de un país y esperar que la gente piense y se comporte como hasta entonces.

Hace poco, por ejemplo, noté unos taxistas en tertulia que se referían a “opositores” y no a “mercenarios”, como llama el discurso oficial a quienes piensan o mantienen cierto activismo contra el poder político regente desde 1959.

Hablaban sobre un grupo conocido como UNPACU, que durante el año pasado se hizo famoso por garabatear carteles antigubernamentales en la fachada de viviendas y edificios públicos.

En el barrio donde trabajo no he escuchado una sola opinión positiva sobre esta singular forma de protesta, que no atormenta a nadie más que a los vecinos.

Uno de ellos, dueño de hostal, me cuenta que recién se había gastado US$60 en una tanqueta de pintura verde limón para su fachada. Luego me pregunta si me imagino el trabajo que cuesta conseguir pintura buena y de ese color en el mercado negro…

“En alguna parte tienen que expresarse”, me dijo un simpatizante del grupo. Pero argumentar la ausencia de espacios lícitos donde expresarse contra el gobierno es como justificar que usted tire su basura en mi jardín porque la ciudad no disponga contenedores para ello.

La conducta civilizada y el respeto al urbanismo deberían ser principios observados por todos, incluyendo a quienes aún no gozan de legitimidad, y a quienes hacen propaganda afín al poder, echando mano a simbologías que no aguantan un gramo más de odio (machetes, fusiles, consignas que exaltan la guerra, etc.)

Asimismo el gobierno debería abandonar todas las manifestaciones de discriminación política, que van desde el acto de repudio—en sus versiones tradicional y cibernética—, hasta la satanización del otro en la comunidad.

Luego de tantos años de anular la oposición, no resultará fácil rescatarla como cosa útil para desarrollo del país: además de voluntad hará falta el know how.

Muchos intelectuales y académicos de dentro y fuera de la Isla llevan años debatiendo la redistribución de los espacios de participación política, basados en principios de diálogo, consenso y apego a los valores de la tradición nacional. Sus aportes pueden contener claves valiosas.

Igual hay otra solución, pero va más por el lado caricaturesco: ya que el gobierno cubano es experto en desabastecimiento comercial, y el de Venezuela coexiste con una oposición política legal, ambos podrían intercambiar asesores…

Se trata al fin de que existan garantías para hacer política, como las hay para montar una peluquería privada. Ahora mismo no es posible siquiera inscribir una nueva asociación en Cuba.

Por otra parte, las leyes más recientes también contienen el germen de la discriminación. El Código de Trabajo, por ejemplo, no veta la segregación de un trabajador por su orientación sexual, y esto fue denunciado ampliamente.

Tampoco prohíbe la discriminación por ideología política, pero el asunto no trascendió tanto como la desprotección de la diversidad sexual.

El activismo LGBTI no pretende competir por el poder político y tiene defensores que gozan de alto impacto en la vida pública nacional: son notables periodistas, intelectuales, prominentes en redes sociales, o incluso miembros del Parlamento.

También sucede que los opositores están más acostumbrados a que no se les proteja, y a que nadie reclame derechos en su nombre.

Desde la década de 1960 fueron frecuentes aquí las expulsiones de ciudadanos de sus centros laborales o estudiantiles por razones políticas, casi siempre encubiertas bajo un merengue administrativo. Hoy no es algo tan dramático, pero tampoco es agua pasada.

Aunque el paisaje político cubano permanece justo como estaba 20 años atrás, no estará lejos el día en que comience a cambiar: el clima lo favorece.

La generación más renuente a tolerar discrepancias está próxima a salir de escena y ya se habla de “convivencia respetuosa” en el contexto de los diálogos diplomáticos con Estados Unidos.

Luego no es creíble que el gobierno cubano pueda mantener relaciones cordiales con el país que encarna su antítesis histórica – como ha manifestado pública y reiteradamente— sin ser capaz primero de hacer lo mismo en lo doméstico.

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